
Para la elaboración de esta entrada sobre el Muro de Langreo he utilizado los textos de tres Cronistas Oficiales de Gijón, como lo fueron Joaquín Alonso Bonet ,entre 1955 y 1975 , Patricio Adúriz Pérez entre, 1982 y 1992, y desde marzo de 2023 lo es Luis Miguel Piñera Entrialgo.
Biblioteca Asturiana del Padre Patac. Biblioteca Jovellanos
Viñetas Asturianas. Por PATRICIO ADURIZ
Desde luego que por aquí hubo muchas ocasiones de descontento, atizado por unos visitantes que, dando gusto a la lengua, arremetían contra un estado de cosas que clamaba al cielo. Y ellos fueron los primeros en dar la voz de alarma. Y hasta los hubo que, en tiempos del rey que rabió, y siendo escritores de postín en la capital de las Españas, no vacilaron en hacer constar en algunos de sus libros memorables, que Gijón era su playa y punto. Ya lo más su pintoresco puerto local. Y sus alrededores. Pero había unos alrededores que, ya a partir del muelle, ofendían al buen gusto, al progreso, a la presunta capacidad de los gijoneses en lo de entenderse para poner la casa en orden. Y es que, si los muelles locales olían ciertamente a maderas exóticas taladas en los más peregrinos puntos del globo, a dos pasos de allí, erre que erre, el celebérrimo muro de Langreo, con la servidumbre que le era propia, semejaba pistón retardatario, o cochambre antiprogresista, o uno de esos fósiles que, contra viento y marea, tal daba la impresión de reírse a mandíbula batiente del pueblo soberano. Pueblo soberano que, en plena calle del Marqués de San Esteban y limítrofes, se veía detenido y acoquinado por unas cadenas restrictivas que lo taponaban todo a la hora del paso del ferrocarril carbonero que, humeante y entre pitidos de aviso y alarma, rodaba parsimonioso hacia su destino en los descargaderos del puerto local. Y así un día y otro día. Y un año y otro año, tras unas concesiones contra las que nadie pudo alzar la voz. Aquella zona, una de las de más tránsito de Gijón, era conocida por tierra, mar y aire: iLas Cadenas! ¡Qué retintín, qué énfasis se ponía a la sola mención de tan represivo enclave! ¡Si no, si ya se sabe que todos estaban conformes desde hacía cosa de veinte años en ponerle el mingo a aquella situación! (Si ya lo decían los periódicos desde que recordaban los más viejos del lugar! ¿Y qué? ¿No seguían las trabas como en el mismísimo primer día de la creación?.
Así, dulcemente, pasaban los lustros. Y ocurrió que insólito me parece todavía-, en buena hora, en uno de esos momentos de inspiración que no abundan en los anales históricos, ciertos buenos gijoneses arrugaron sus entrecejos respectivos y, de sopetón, gritaron a una ¡ya basta! Ese grito, esa consigna, esa vibrante trepidación del encalmado ámbito local, tuvo la virtud de despertar a los seráficos pobladores de aquel insigne villorrio, que, sin hacer preguntas, sumaron su grito a aquel grito redentor del iya basta!
Sólo que el grito ése, quizá por efecto de lo de la propagación de las ondas en el aire, o por los misterios del eco, o algunas otras cosas que mi cortedad científica no alcanza, digo que el grito -¿o sería un rugido?- aquél, el primigenio proferido sobre poco más o menos en 1890, tuvo que repetirse a coro, enérgica y definitivamente, en el año de gracia de 1908. Y si soy sincero he de confesar que, con la mano en el corazón, nuestros anales históricos no resaltaron con suficiente énfasis -¿no es eso lo que se dice ahora?- ese preclaro hito local que, contra lo que se pudiere opinar en contrario, equivalió, pongo por caso, a la gesta de César, o a la de otros insignes varones que, con una sola frase tal que la del señor Galileo, accedieron con todos los derechos al olimpo de la fama.
Húbolos por aquí que, si es que no tan notorios, también es verdad que aportaron su granito de arena, o su vozarrón reivindicativo en oportunidades varias, o un simple gesto tribunicio electrizador de fieles y secuaces. ¡De eso se trata! Y por ser así, retomo lo del asunto de la cuestión magna, es decir, del echar abajo aquel cochambroso muro de las lamentaciones en cadena. Y como las palabras y las promesas las lleva el viento y si te vi no me acuerdo, nuestros prohombres de 1908, cucos ellos y con mi respeto de antemano- e ilustrados si los hubo, dieron en reunir todos los papeles pertinentes en torno al tema que nos ocupa, que donde letras hablan lo que se sigue es el tira y afloja, pero nunca, ojo, la marginación despectiva a cargo de una de las partes.
Ese es el camino de la legalidad, o el de la igualdad de las partes. Y esas partes las en litigio, se dedicaron durante una larga temporada a la compulsa de papeles aclaratorios, con lo que se originó una de las más encarnizadas búsquedas archivísticas que Gijón conociera en todos los tiempos, y que nos retrotraen, en números redondos, a la inauguración del ferrocarril de Langreo en 1852. Si pues la unión hace la fuerza, sobre la marcha se mancomunan el Municipio, la Cámara de Comercio, el Círculo Mercantil y la Cámara de la Propiedad, obteniendo un bloque de información que elevan, al unísono, al mismísimo ministro de Fomento, y refrendándolo, por los organismos locales dichos y en el mismo orden, Jesús Menéndez Acebal, Alfredo Santos, Luciano Solache y Genaro Fernández. Era la guerra. Pero una guerra civilizada, que, más que la cuestión legal de fondo, lo que se quería trascender eran los soberanos derechos del pueblo, el urbanismo a la moderna y un dejar crecer que es propio de una naturaleza robusta, cual la asumida por Gijón a partir de las primeras visitas regias
Los antagonistas, por su parte, se esmeraron en aducir títulos. Pasan los. meses que es una bendición del cielo. Se va 1908. En el entrante tenemos un nuevo alcalde, que lo es Carlos Cienfuegos Jovellanos. Desde Madrid siguen lloviendo sobre nosotros aplausos entusiastas, con comentarios como los de iqué pueblo, Señor, qué pueblo! Y el muro, túnel del tiempo, o averno, tan ricamente. allí y piedra sobre piedra. A la otra parte de Gijón, el puerto de refugio que se esponja con la visita protocolaria de la Infanta doña Isabel, la popularísima La Chata. Es el progreso. Y como el progreso y su contrario mal pueden convivir, se decide-o se aprovecha- que sea tan regia persona la que inicie el derribo del asendereado muto de Langreo. Desaparecen las cadenas. Vence Gijón Y sin embargo y lo que son las cosas, porque aquella zona, bien por tradición, historia o vaya «uste» a saber, sigue siendo de Las Cadenas, y establecimiento hay que así lo acredita. Esta fue la saga de un pleito como el que hubo muchos, sólo que éste se redimió a sí mismo con lo de colorín colorado este cuento se ha acabado.
Diario El Comercio 8 de noviembre de 1981
Diez años después este era el aspecto que presentaba la calle del Marqués de San Esteban, fotografía de la publicación : Gijón Veraniego 1919.
Marqués de San Esteban
Entrada: Corrida Salida: Plaza de la Estación del Norte. Acuerdo: 20 de noviembre de 1937.
Álvaro Armada Ibáñez de Jove (1817-1889) era el marqués de San Esteban del Mar y séptimo conde de Revillagigedo. El Muro de Langreo, que recorría esta calle como sostén de la vía del tren carbonero, motivó que la expansión de la ciudad sufriese retrasos, hasta que en julio de 1909 tuvo lugar un acto popular para festejar su derribo. La fecha del cambio de Durruti por, de nuevo, Marqués de San Esteban demanda una explicación. Ese día no es que la Corporación cambiase este nombre particularmente, sino otros varios, sin citarlos —como el de quitar Ascaso y reponer Rodríguez San Pedro—, al considerar sin valor los acuerdos en cuanto a rotulación de calles llevados a cabo en esos meses de guerra civil en Asturias. Es decir, algunos nombres fueron particularmente cambiados, sobre todo en la sesión del 4 de diciembre de 1937, y en otros casos simplemente repuesto el anterior sin ninguna resolución concreta.
Nombres anteriores: Buenaventura Durruti (28 de noviembre de 1936). Dirigente anarquista muerto en el frente de Madrid en los inicios de la guerra civil, a los 46 años. (Ver el acta municipal de ese día que se añade más adelante) Marqués de San Esteban (17 de agosto de 1891). Salida para Candás. También llamado en diversos expedientes de obra con las denominaciones de Camino que conduce a Candás, Camino vecinal a Candás, Entrada a Gijón, Salida de Gijón, etc. Camino de la Gloria. Comercio (Parcial). Aunque la calle del Comercio era la actual, Joaquín Alonso Bonet parte de que lo que se conocía como Comercio ocupaba algo de la actual Marqués de San Esteban, concretamente desde los Jardines de la Reina hasta el paso a nivel. Es el 7 de mayo de 1910 cuando se pierde el nombre de Comercio para ese tramo (sí lo mantendría la actual Joaquín Alonso Bonet) convirtiéndose en Marqués de San Esteban, tal como hoy la conocemos. A-3 (Parcial). Calle prolongación de Marqués de San Esteban en la unión con Mariano Pola, desaparecida para convertirse en red viaria. Camino de la Estación del Norte.
Diez años después este era el aspecto que presentaba el Muelle de Fomento, ya con el ferrocarril llegando hasta él para embarcar el carbón, fotografía de la publicación : Gijón Veraniego 1919
Rodríguez San Pedro
Entrada: Jardines de la Reina Salida: Plaza de la Estación del Norte Acuerdo: 20 de noviembre de 1937 Faustino Rodríguez San Pedro, abogado y afiliado al Partido Conservador, colaboró en el desarrollo de Gijón con la creación de diversas empresas, como La Algodonera de Gijón, en La Calzada, la Sociedad de Fomento y la Azucarera de Veriña. Parece ser que fue el primer gijonés nombrado hijo predilecto, en 1908, muriendo en 1925, a los 92 años, después de haber sido consejero de la Corona y vicepresidente del Senado. Aunque la grafía originalmente correcta del apellido (y así es como aparece en el Acta Municipal el día que se le concede la calle, el 14 de mayo de 1892, es San Pedro), es muy corriente que aparezca tanto en callejeros, mapas, expedientes de obras o incluso en artículos que se refieran al personaje titular como Sampedro, y la costumbre hizo que esta rotulación de Rodríguez Sampedro llegara a ser considerada correcta. Más discutible es la expresión que vemos en diversos callejeros llamando a la calle Rodríguez S. Pedro. Nombres anteriores: Joaquín Ascaso (28 de noviembre de 1936). Correligionario de Buenaventura Durruti —también en esos años con calle en Gijón, la cercana del Marqués de San Esteban— y, como él, conocido dirigente del anarquismo durante la guerra civil. Muchas de las calles que cambiaron de nombre en los años 1935 y 1936 a veces, no calaban entre los vecinos, que no se acostumbraban al nuevo nombre. Esto hizo que (ver El Comercio, 28 de febrero de 1936) el alcalde se viese en la necesidad de proclamar un bando en el que recordaba a las funerarias que debían poner el nombre actual en las esquelas o, al menos, pusieran los dos: moderno y antiguo. Rodríguez San Pedro (14 de mayo de 1892).
El texto de las calles: Las calles de Gijón, Historia de sus nombres de Luis Miguel Piñera.
Lo podéis descargar pinchando en la imagen.















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