Semanario La Golondrina.

 

Ahora hace una porción de años que tuvo lugar el feliz alumbramiento de un semanario gijonés y festivo. «La Golondrina», del que resultaron ser progenitores les ingenios locales Ataulfo Friera y Javier Aguirre, Fue en el mes de julio de 1893. El día 9 nacía al servicio del veraneo gijonés y al de unos forasteros de los que muchos iban a ser objeto de tratamiento preferente, desde Luis Mazzantini, el monstruo de la tauromaquia, a, por ejemplo, el mismísimo alcalde don Eduardo Martínez Marina. Las ocho páginas de cada número se erigían por derecho propio en almoneda, cajón de sastre y escenario gráfico de aquel teatro del mundo cuyo ombligo era el Gijón romano y decimonónico a tenor de lo que decían las buenas o malas lenguas de turno cuyo desparpajo era notorio, temido y a las veces origen de lances de honor.
Erase que se era. Dícese que se dice. Ahí estaba el nudo gordiano de la cuestión porque entre carantoñas y fórmulas estereotipadas de etiqueta, surgía, cuando menos se esperaba, el oportuno varapalo que ponía los pelos de punta y la carne de gallina al recipiendario del mismo. La pluma era un látigo y el lápiz un bisturí. Conjuntados así los esfuerzos de los creadores, el producto, es decir, el semanario en cuestión, circulaba profusamente de mano en mano por aquello de estar al día. El vuelo rasante de «La Golondrina» (que como diría Luis de Sosa tengo ahora entre mis manos) era equivalente al grito de combate para empuñar unas armas que no eran otras que las del Ingenio, equiparable al de los mejores Ingenios de la capital de las por entonces Españas. Esa no es la cuestión a discutir porque las primeras palmadas de aprobación proceden del madrileño El Liberal, y le corean, como si de actuar en un tablao se tratase, EL COMERCIO, «El Liberal de Gijón», «La Región Asturiana», el «Diario de Avilés», «El Carbayón» y «El Correo de Asturias» por citar los más significativos.
Tal el panorama de la prensa regional. «La Golondrina», meteórica y fulgurante, hiende el ámbito local y busca su sustento nutricio por el muelle de Abtao, cabe los aledaños de «La Favorita», en los mentideros del «Café Colón», el «Café Suizo» y el «Café Oriental», o, todo hay que decirlo, tras el salutífero y tonificante vino de quina de aquel exclusivista Eduardo Menéndez Rodríguez, de la Plaza de la Constitución. Ella. «La Golondrina», traduce la prosa cotidiana a coplillas que son un primor por ser camafeo galante, requiebro propagandístico de tal o cual actividad comercial, y, muy, pero que muy especialmente, diatriba contra usos, costumbres, actuaciones, componendas y compadreos de los llamados a dar ejemplo de civismo, ser espejo de moralidad y probos hasta dejar chico al mismísimo pobrecillo de Asís. Si no se cumplían esas condiciones y otras muchas que, por supuestas no son para enumerar, entonces los creadores del semanario, émulos de Júpiter tonante, apostrofaban, denunciaban y hasta pedían la cabeza de los remisos en el cumplimiento de sus sagrados deberes patrios, cívicos y religiosos. Nada de paños calientes ni zarandajas por el estilo, antes bien, por el contrario, santa cruzada de regeneración.
Podríamos hablar de «Clarín», de Salmerón, de Teodoro Cuesta, de Pepe Prendes Pando, de Fermín Laviada, de Arturo Truán, de políticos, artistas y aquí conviene un significativo etcétera, militares, clero y demás entes reales que fueron salsa, genio y figura para el guiso hebdomadario de «La Golondrina» que, lo afirmo a pies juntillas, ponía el dedo en la llaga de la escrofulosa y caótica situación política. Valga un ejemplo con motivo de la venida a nuestra urbe del Insigne repúblico don Nicolás Salmerón: «Los salmerolianos están pimargalizados. ¿Quién los desrulzorrillará? El azcaraterizador que los pedregalice, buen salmeropimargaruizollazcaratepedregalizador será.»
Ahí queda ese enrevesado trabalenguas como para entretenerse un rato! Contestatario e Inconformista. ¡Cómo para que se venga presumiendo de hallazgos cuando ni antaño ni hogaño existe nada nuevo bajo el sol!

Viñetas Asturianas por Patricio Adúriz. Diario El Comercio 20 de julio de 1975.

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